Asamblea por el #NiUnaMenos en Dolores: el reclamo urgente por Sofía Villalba y las fallas del sistema estatal y judicial

La Asamblea autoconvocada por el #NiUnaMenos en la Plaza Castelli de Dolores acompañó a la familia de Sofía Villalba, la joven asesinada por Diego Gómez en nuestra ciudad. Ningún sindicato, partido político, organización social ni institución pública o privada —ni siquiera el gobierno local, cuyos integrantes han participado activamente en estas conmemoraciones otros años— se imaginó que decenas de personas fueran a adherir a la invitación que tres mujeres publicaron en redes sociales.

 La pena a flor de piel por los últimos femicidios de adolescentes en nuestro país, la falta de recursos en materia de género y la injusticia que aún arde en el fuego que provocó la muerte de una dolorense —en manos de un hombre que todavía no fue condenado— se hicieron sentir. El sufrimiento que acarrean las mujeres de nuestra ciudad cuando atraviesan la ruta crítica de la violencia fue motivo más que suficiente para demostrar que dejar a familias enteras sin hijas, tías, sobrinas, abuelas, vecinas, docentes, enfermeras, primas y madres está mal, muy mal. Exigir que no tengan que vivir con miedo a ser asesinadas o padeciendo violencia económica, física y psicológica tampoco debería ser una utopía; es una necesidad vital.

 Gracias a las múltiples conversaciones que circularon durante el acto, se pudo confirmar que las políticas públicas deben ser más eficaces y que el Poder Judicial y el Municipio tienen la obligación urgente de mejorar sus intervenciones.

Un testimonio en primera persona: cuando el sistema desprotege

 Durante la jornada tuvimos conocimiento del desgarrador testimonio de una vecina que expone las falencias estructurales del entramado judicial y estatal:

“En Dolores existen múltiples situaciones de violencia de género que permanecen invisibilizadas. En mi caso, la única contención efectiva que recibí provino del Servicio Local y del espacio de atención a víctimas de violencia de género, cuyos profesionales me brindaron escucha, orientación y acompañamiento. Pero conozco personalmente más de cinco casos concretos de mujeres que se animaron a pedir ayuda y continúan viviendo con el agresor porque no cuentan con independencia económica ni con un lugar donde vivir junto a sus hijos. La falta de recursos, de redes de contención y de alternativas habitacionales las obliga a permanecer en contextos de violencia cuando desean salir de ellos.

 En mi propia experiencia, cuando solicité ayuda, la atención se centró en una causa personal de nuestra hija, sin que se considerara adecuadamente la denuncia por violencia preexistente ni se aplicara perspectiva de género alguna. Se favoreció la implementación de un régimen de contacto diario sin la designación de un intermediario adecuado para los intercambios, y mi hijo mayor fue designado para esa función pese a mi desacuerdo. Tampoco recibí ningún tipo de asesoramiento letrado previo a la audiencia.

Tampoco se tuvo en cuenta el centro de vida de mi hija, quien desde que nació estuvo conmigo, con una presencia intermitente de su progenitor. Los cambios implementados judicialmente generan enormes dificultades en su estabilidad emocional, sus rutinas, sus costumbres y aspectos fundamentales para el bienestar de una niña tan pequeña. Esta situación me expuso a mantener contacto diario con la persona denunciada, viéndome obligada a incumplir en los hechos una medida de restricción de acercamiento que yo misma solicité, para poder acatar otra resolución que me pone en riesgo pero que garantiza el vínculo paternofilial. Considero que estas circunstancias merecían una evaluación más cuidadosa y articulada entre los distintos procesos judiciales.

 Desde el punto de vista económico, siempre fui el principal sostén de mi hogar. No recibí aportes regulares de ninguna índole y, tras la separación, mi situación se volvió aún más compleja. A ello se sumó el gasto derivado del acompañamiento psicológico privado que fue necesario para afrontar las consecuencias de la violencia sufrida.

También considero importante señalar que con frecuencia estas situaciones son abordadas como simples conflictos entre adultos, cuando existen casos claramente identificables de violencia psicológica sostenida en el tiempo. La violencia psicológica no deja marcas visibles, pero destruye la autonomía de las víctimas, deteriora su salud emocional y afecta profundamente su capacidad para enfrentar las dificultades cotidianas. El desgaste acumulado, la sobrecarga mental y el temor constante tienen consecuencias reales y duraderas.

 Las víctimas de violencia necesitamos ser escuchadas, acompañadas y que nos crean. Necesitamos que las instituciones actúen con una verdadera perspectiva de género y que también protejan a nuestros hijos e hijas, quienes muchas veces terminan siendo utilizados como herramientas para continuar ejerciendo control, hostigamiento o violencia después de la separación. Visibilizar estas situaciones no busca enfrentar derechos, sino garantizar que mujeres, niños y niñas puedan vivir libres de violencia y acceder a una protección efectiva cuando deciden pedir ayuda”.

La urgencia de respuestas reales

Luego de este testimonio de violencia vicaria —que padece una mujer joven, instruida, con recursos y trabajo registrado— queda en evidencia que falta mucho por mejorar. Ante un panorama donde el estado nacional adopta posturas de desatención activa, el gobierno provincial argumenta falta de recursos, el municipio hace lo que puede y el Poder Judicial se estanca en capacitaciones obligatorias que a todas luces resultan insuficientes, la desprotección es total.

 Nada de lo anterior exime de culpa ni de responsabilidad a los funcionarios y operadores gubernamentales y judiciales. Todo esto debe revertirse y es necesario dejarlo en evidencia para que nadie se confunda ni crea que vivimos en un entorno de distracciones. Nada de lo relatado es algo que antes no haya sucedido pero cada conmemoración es la oportunidad para dejar de manifiesto que no se puede seguir viviendo con miedo, tolerando vínculos que generan daño y lamentando  la pérdida de vecinas que fueron asesinadas. La mayoría de las mujeres que no cuentan con un entorno familiar afectuoso o un contexto laboral con derechos hacen malabares para sobrevivir. Para las mujeres que transitan a diario situaciones de violencia, la precariedad de la vida se vuelve, sencillamente, imposible de sostener.

 Nadie debe conformarse con esta realidad, vamos tras un mundo mejor.

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