UN DÍA COMO HOY NACÍA YIYA MURANO: EL MISTERIO DEL CIANURO Y LA MENTE NARCISITA DE LA PRIMERA ASESINA SERIAL ARGENTINA

Un 20 de mayo de 1930 nacía María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano. Con el tiempo, ese nombre quedaría grabado a fuego en la historia criminal del país. Hoy, al cumplirse 96 años de su llegada al mundo, la figura de “Yiya” vuelve a estar en el centro de la escena gracias a su reciente desembarco en el streaming. Con el estreno del documental Yiya Murano: Muerte a la hora del té -recientemente agregado al catálogo de Netflix- y la vigencia de su serie en Flow, el caso ofrece una nueva oportunidad para analizar uno de los perfiles criminales más fascinantes de nuestra historia.

El mito en duda: ¿dónde estaba realmente el veneno?

Durante casi medio siglo, la cultura popular repitió como una verdad absoluta que la “envenenadora de Monserrat” había asesinado a sus víctimas invitándolas a comer ricas masitas inyectadas con cianuro. Sin embargo, las investigaciones modernas y el reciente documental ponen en jaque esta histórica leyenda urbana, dejando en claro que no es 100% seguro dónde se administró realmente la sustancia letal.

Médicos, forenses y especialistas químicos coinciden en un punto clave: el cianuro posee un sabor intensamente amargo, metálico y corrosivo. Camuflar semejante gusto dentro del dulzor de una masa de confitería habría sido prácticamente imposible sin que la víctima lo notara al primer bocado. La hipótesis que hoy cobra más fuerza, mucho más fría y calculadora, sostiene que el veneno fue colocado directamente en el té o en un “digestivo” posterior. El amargor natural de estas infusiones habría servido como el camuflaje perfecto para engañar al paladar y ocultar la dosis mortal.

La anatomía del engaño: ausencia de culpa y peligro latente

Más allá del impacto policial, el caso Murano funciona hoy como un crudo recordatorio sobre la psiquis humana. Detrás de sus modales refinados y su estatus acomodado, Yiya escondía una estructura psicológica desprovista de toda empatía. No veía a las personas como seres humanos, sino como instrumentos utilitarios para financiar su nivel de vida; cuando las deudas la acorralaron, sus prestamistas se convirtieron simplemente en un problema a eliminar.

Lo que más desconcertó a los investigadores y psiquiatras de la época fue su capacidad de mentir sin inmutarse ante las autoridades. Durante los allanamientos, los exhaustivos interrogatorios y los juicios, sostuvo un personaje de absoluta inocencia. Jamás le tembló la voz, no mostró un solo quiebre emocional y nunca evidenció el menor signo de arrepentimiento.

Su caso deja a la sociedad una advertencia silenciosa pero contundente: estas personalidades narcisistas existen y son extremadamente peligrosas. Lejos del estereotipo del criminal violento, los perfiles psicopáticos se mimetizan a la perfección en la vida cotidiana. Actúan envueltos en encanto, simpatía y manipulación, sin distinguir estratos sociales y operando con una frialdad que desafía toda lógica humana.

Hoy, las plataformas digitales nos devuelven esta historia para no olvidar. Ya sea a través de los testimonios reales y pruebas científicas en Netflix, o de la lograda dramatización en Flow, sumergirse en este caso sigue siendo un viaje inquietante hacia los abismos de la mente humana. Una demostración fáctica de que el peligro más grande a veces se esconde detrás de un trato amable y una simple taza de té.

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