A 44 años del desembarco británico en las Islas Malvinas, la historia de cómo la táctica del vuelo rasante y una misión solitaria frente a 14 buques de guerra marcaron uno de los enfrentamientos aeronavales más estudiados de la historia militar moderna.
En la madrugada del 21 de mayo de 1982, el Conflicto del Atlántico Sur entró en una de sus fases más críticas. La Fuerza de Tareas británica (Task Force) puso en marcha la “Operación Sutton”, iniciando el desembarco de sus tropas de infantería en la Bahía de San Carlos. El objetivo estratégico era establecer una cabeza de playa aprovechando la protección geográfica del estrecho, custodiados por una flota equipada con los avanzados sistemas de misiles antiaéreos Sea Dart y Sea Wolf.
Lo que siguió en esas aguas fue una respuesta aeronaval que obligó a replantear las doctrinas defensivas de la OTAN, transformando el estrecho en lo que los propios marinos británicos denominaron Bomb Alley (El Callejón de las Bombas).
La táctica extrema: el vuelo al ras del agua
Ante la superioridad tecnológica de la flota británica, el Comando de la Fuerza Aérea Sur (FAS) y la Aviación Naval Argentina adoptaron la única táctica viable para evadir la detección temprana de los radares: la aproximación a baja cota.
Bajo un intenso fuego de artillería de superficie y asediados por las patrullas de aviones Sea Harrier, los pilotos argentinos a bordo de aviones Dagger y A-4B Skyhawk, seguidos por los A-4Q navales, cruzaron el océano volando a escasos metros sobre el nivel del mar.
El impacto más significativo de la jornada lo recibió la fragata HMS Ardent. Tras sufrir incursiones sucesivas y múltiples impactos directos que destruyeron sus sistemas defensivos, la embarcación debió ser evacuada y terminó hundiéndose el 22 de mayo. Otros navíos, como el HMS Antrim, el HMS Argonaut y el HMS Broadsword, sufrieron averías considerables. En varios casos, la altitud de vuelo era tan baja que las bombas atravesaban los cascos de los buques pero no llegaban a detonar por la falta de tiempo físico para el armado de las espoletas.
La misión solitaria de Owen Crippa
Dentro de la complejidad operativa del 21 de mayo, un episodio aislado definió el rumbo táctico del día. Ante reportes fragmentados durante la mañana, el mando ordenó una misión de reconocimiento armado para confirmar la posición enemiga.
El Teniente de Navío Owen Guillermo Crippa despegó en solitario desde Puerto Argentino al mando de un Aermacchi MB-339, un avión ligero diseñado para entrenamiento avanzado, que no poseía radar. Al ingresar al estrecho por el norte, se encontró de frente con el núcleo del desembarco: una formación de entre 12 y 14 buques de guerra.
Frente a la abrumadora desproporción de fuerzas, Crippa fijó como blanco a la fragata de clase Leander HMS Argonaut. En vuelo en picada, abrió fuego con cohetes no guiados Zuni y cañones de 30 mm, impactando directamente en los radares y sistemas de comunicaciones del buque, dejándolo temporalmente inoperativo.
Para sobrevivir a la inminente respuesta de los misiles de toda la flota, el piloto tomó una decisión inédita: descendió al ras del agua y cruzó por el centro exacto de la formación naval enemiga. Esta maniobra impidió que los buques británicos abrieran fuego masivo por el riesgo de impactarse entre sí. Durante el escape, Crippa memorizó y diagramó la posición de cada embarcación. Su reporte de inteligencia al aterrizar fue la confirmación táctica que permitió planificar los ataques masivos del resto de la jornada. Por esta acción, fue condecorado con la Cruz al Heroico Valor en Combate.
Rescate bajo fuego y el altísimo costo humano
A nivel logístico, la jornada también registró un hito: el primer rescate aéreo en zona de combate ejecutado por helicópteros de la Fuerza Aérea Argentina. La tripulación del helicóptero Bell 212 (indicativo “Tordo”), guiada por bengalas al atardecer y asistida por el radar de artillería en plena noche, logró recuperar con éxito al mayor Carlos Tomba, quien se había eyectado tras ser derribado en su avión Pucará.
Sin embargo, el costo de enfrentar a la tercera potencia naval del mundo fue inmenso. El 21 de mayo de 1982, cumpliendo su deber bajo fuego enemigo, cayeron en combate los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina Primer Teniente Daniel Fernando Manzotti, Teniente Pedro Ignacio Bean y Teniente Néstor Edgardo López.
Hoy, a 44 años de la Batalla de San Carlos, el nivel de precisión técnica, la audacia frente a la asimetría tecnológica y el sacrificio documentado en aquel estrecho, siguen siendo una página insoslayable en la memoria histórica nacional y en la instrucción aeronáutica global.





