¿QUÉ CIELO AUGUSTO, MARTÍN…?

¿Qué cielo augusto, Martín, se oscureció de sangre cuando tu adolescencia, en la lejana Buenos Aires, germinaba?

Esa roja señal, ¿marcó tu suerte en la cruz simple y aguerrida de tu espada? ¿Qué caminos, ay Martín, te señalaron el rumbo de la Patria y te llevaron tan lejos de tus cerros para pelear su causa?

¿Fue un gesto nomás, de orgullo gaucho, cuando, a caballo, abordaste heroicamente la fragata y rendiste a los dueños de los mares
en el rebelde corazón del Plata?

¿O era un signo, Martín, de aquel destino que en los cerros de tu tierra te esperaba? ¿Fue un presagio fatal que te acuñó la suerte
junto a los Infernales de tu Salta y te fundó en el coraje de los libres, como custodio eterno de la Patria?

¿Qué rayo visceral te iluminó el coraje? ¿Qué punzón de hielo y de mortaja labró tu destino en la ladera del cerro que aún custodia, desde lo alto, el hueco de tu Salta?

¿Fuiste, Martín, conciente del destino que allá en tu norte te esperaba? ¿Era el eco de voces ancestrales que desde lo hondo de la tierra, tu nombre como un rezo pronunciaban?

¿Era la fuerza inconmovible de tu noble corazón la que avanzaba y lograba que el gauchaje, poderoso y caudal, se alzara en armas?
¿Fue, acaso, la mujer, inspiración y profecía, una punta de lanza en tu embestida de sanguíneo valor y férrea mano alzada?

¿Fue Carmencita, la dulce esposa, que convirtió en susurros de algodón tu voz de espada y se dejó morir de dolor y de amor, enamorada?

¿O fue la compañera, la que a tu lado fue mucho más que hermana, fue otro gaucho de Güemes en la lucha, la atrevida Macacha?

¿Cuánto sueño, cuánta ilusión, con tu fe de patriota esa noche de junio se apagaban, y a los pies generosos de un cebil colorado a la gloria, silencioso y fecundo, te entregabas?

Rojo el poncho con luto de tus gauchos, roja la noche, anhelo de alborada, rojo el refugio de la cruz del árbol, roja de amor y de dolor,
la sangre derramada. Chispa, antorcha, resplandor y llama, lograste eternizar, desde tu norte la luz de nuestra América violada.

Susana Iturralde

enero/2014

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