CAMPANÓPOLIS: EL SUEÑO QUE SE CONVIRTIÓ EN UNA ALDEA MEDIEVAL PARA DESCUBRIR EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES

En González Catán, partido de La Matanza, una ciudadela construida a partir de la imaginación, el reciclaje y la recuperación de un antiguo basural propone una experiencia diferente: recorrer un paisaje fantástico y, al mismo tiempo, conocer la historia de un hombre que decidió convertir un sueño en realidad. Un viaje a la edad media en pleno siglo XXI.

Hay lugares que se visitan y otros que invitan a detenerse, mirar dos veces y preguntarse cómo fue posible que existieran. Campanópolis pertenece a esa segunda categoría:  un conjunto de construcciones, senderos, puentes, lagos, bosques y rincones inesperados conforma un paisaje que parece alejado de la vida cotidiana del conurbano bonaerense. Pero lo más interesante de esta ciudadela no está solamente en lo que se ve, sino en la historia que hay detrás de cada espacio.

“Visitar Campanópolis es entrar, por unas horas, en un mundo completamente diferente. En medio de  la provincia de Buenos Aires aparece una aldea de inspiración medieval, surrealista y profundamente ecléctica, donde conviven estilos, objetos y materiales de los más diversos orígenes”, cuenta Oscar Campana, integrante del equipo de Campanópolis.

La descripción resume buena parte de la experiencia: cruzar sus puertas implica dejar por un rato los recorridos habituales y adentrarse en un lugar donde la imaginación parece haber sido la principal herramienta de construcción.

Una obra nacida de la imaginación

Campanópolis nació de la creatividad de Antonio Campana, un hombre sin estudios de arquitectura que comenzó a transformar el espacio a partir de sus propias ideas, inquietudes y sueños.

La obra fue creciendo durante décadas y tomó forma a partir de una particular capacidad para reutilizar objetos y materiales. Muchos de ellos fueron recuperados de distintos lugares de Buenos Aires, de otras partes de la Argentina y también del mundo.

“Gran parte de la aldea fue realizada con materiales reciclados y elementos recolectados de distintos puntos de Buenos Aires, de la Argentina y también del mundo. Cada objeto tiene una procedencia, una anécdota o un significado, y es justamente allí donde comienza una de las partes más fascinantes de la experiencia: descubrir que Campanópolis no es solamente aquello que se ve”, explica Oscar.

Esa idea permite entender el lugar de otra manera. Las rejas, maderas, hierros, objetos antiguos y materiales de demolición no aparecen simplemente como elementos decorativos: forman parte de una historia de recuperación y transformación.

El Museo de las Rejas, por ejemplo, reúne piezas de hierro forjado, arañas colgantes, objetos antiguos y elementos de colección. También hay construcciones en las que el material utilizado se vuelve protagonista, como la Casa de Piedra, la Casa de Madera y la Casa de Escoria. El recorrido continúa entre el Cabildo, la Cascina, la Casa Proa de Barco y distintos pasajes y espacios que invitan a descubrir los detalles.

Un paisaje hecho de historias

Campanópolis no se reduce a sus edificios. El paisaje natural es parte fundamental de la experiencia.

A un costado de la ciudadela, una pasarela de madera atraviesa el bosque y conduce hacia las Casitas del Bosque. Cerca de la plaza principal aparecen puentes de quebracho que permiten recorrer las pequeñas islas, mientras que el muelle, el molino de viento, la locomotora con sus vagones y la capilla completan una escena que parece salida de otro tiempo.

La combinación entre naturaleza, arquitectura y objetos recuperados hace que el paseo tenga algo de museo, de obra de arte y de escenario fantástico, pero sin encajar completamente en ninguna de esas categorías.

“Recorrer la aldea es también conocer la vida de Antonio, sus sueños, sus pertenencias, las razones que lo llevaron a comenzar esta obra y el camino que transitó para construirla. A lo largo de la visita aparecen historias, secretos y datos curiosos vinculados con los objetos y materiales que hoy forman parte del lugar”, relata Oscar.

Por eso, una de las claves del paseo está en observar. No solamente caminar de un espacio a otro, sino detenerse frente a los objetos, mirar las construcciones y descubrir que muchos de los elementos que parecen haber estado allí desde siempre tuvieron, en realidad, otra vida antes de llegar a Campanópolis.

De un antiguo basural a un espacio de naturaleza

La historia de transformación también alcanza al propio territorio.

El predio, de unas 200 hectáreas, fue construido sobre tierras que habían sido utilizadas como depósito de residuos. Para recuperarlas fue necesario retirar y cubrir más de 50.000 metros cúbicos de basura y trabajar durante años para transformar aquel paisaje.

Con el tiempo, el lugar incorporó una importante cantidad de árboles y distintas especies vegetales, además de lagos y otros espacios naturales. La recuperación del terreno terminó convirtiéndose en una parte inseparable de la identidad de Campanópolis.

Así, el reciclaje aparece en dos dimensiones: en los materiales utilizados para construir la aldea y en la transformación del propio espacio que la rodea.

El resultado es un entorno en el que conviven construcciones singulares con árboles, bosques, agua y distintas especies de fauna. Un paisaje inesperado en el corazón del área metropolitana bonaerense.

El sueño

La historia de Antonio es otro de los grandes ejes de la visita. En un momento de su vida recibió el diagnóstico de una enfermedad y un pronóstico que le daba un tiempo de vida limitado. Frente a esa situación, decidió cambiar el rumbo y comenzar a concretar un sueño que llevaba dentro.

Lo que empezó como un proyecto personal fue creciendo hasta convertirse en la obra que hoy recibe visitantes.

“Por eso, más que una aldea, Campanópolis es un legado. Es una historia de resiliencia, superación, creatividad y emoción; la demostración de hasta dónde puede llegar la imaginación cuando alguien se anima a convertirla en algo real”, señala.

La frase también permite mirar el lugar más allá de su estética. Porque detrás de las torres, los puentes, las casitas y los objetos antiguos existe una historia de perseverancia: la de alguien que decidió construir sin tener un plano convencional ni una formación específica en arquitectura, y que durante años fue dando forma a una idea propia.

Para descubrir sin apuro

La experiencia está pensada para tomarse el tiempo de recorrerla. El paseo incluye una visita guiada en la que se conoce la historia de Antonio, la construcción de la aldea y su relación con el reciclaje, la ecología y el cuidado del ambiente. Luego queda tiempo para continuar recorriendo el predio, sacar fotografías y disfrutar del entorno.

El lugar cuenta además con un mercado con distintas opciones gastronómicas y espacios exteriores para sentarse y disfrutar del paisaje.

“Quizás esa sea la mejor manera de explicar qué hace único a Campanópolis: no se trata solamente de visitar un lugar extraordinario, sino de adentrarse en el sueño de una persona y descubrir cómo una historia de vida terminó transformándose en una obra capaz de seguir sorprendiendo a quienes la conocen”, sostiene.

El sitio cuenta con estacionamiento gratuito dentro del predio para quienes llegan en auto particular. También es posible acceder mediante aplicaciones de transporte o contratar excursiones a través de agencias de turismo que ofrecen el traslado y la entrada incluida.

Campanópolis puede ser muchas cosas al mismo tiempo: un museo, una obra de arte, un espacio natural, una colección de objetos recuperados o una aldea salida de la imaginación.

Pero quizás su mayor atractivo esté justamente en que no necesita definirse.

Es el resultado de una historia personal que se convirtió en un lugar compartido. Una antigua tierra de residuos que fue recuperada y transformada. Objetos que parecían destinados al descarte que encontraron una nueva vida. Y un sueño que, después de décadas de trabajo, continúa.

“Antonio no era arquitecto, pero tenía un posgrado en imaginación”, resume Oscar.

Y tal vez esa sea la mejor invitación para conocer Campanópolis: llegar sin intentar entenderlo todo de antemano, cruzar la entrada y dejar que el lugar —que convoca a turistas nacionales e internacionales— haga lo suyo.

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