He cubierto gran cantidad de Fiestas Populares en casi quince años de actividad relacionados con la crónica de espectáculos musicales de raíz folklórica. Esto incluye algunos de gran magnitud y otros de menor relieve. Tendría para contar acerca de ellos numerosas anécdotas pero ni la extensión ni el momento es propicio para hacerlo; solamente me referiré a una, que, por la cercanía en el tiempo, voy a relatar muy detalladamente.
Lamentablemente, en varias ediciones de Fiesta Nacional de la Guitarra, quienes hemos estado realizando tareas periodísticas debimos tropezar con la incomodidad y la desconsideración por parte de algunos integrantes de la organización. Esto suelde suceder la noche en que se presenta algún artista de gran renombre, de esos cuyo vedetismo los lleva a pautar algunas cláusulas contractuales que resultan ridículas para el sentido común de cualquiera que conoce y conoció a los verdaderos artistas del pueblo, aquellos que lamentablemente se nos están yendo o están olvidados por la industria de los festivales.
Esas noches, los encargados de coordinar las actividades y movimientos de prensa y escenario suelen convertirse en sargentos de infantería que ordenan a sus siempre abundantes empleados de vigilancia que se nos saque, poco menos que a empujones, ante la sola posibilidad de que molestemos a sus estrellas de la noche.
En esta edición, quien suscribe, olfateó que eso podía llegar a pasar cuando vio los movimientos amenazantes de “un mandamás de galpón” convertido en coordinador del sector que impartía ordenes a la gente de vigilancia, la que a su vez, en su mayoría, las retransmitía a los destinatarios de ocasión con mucha educación y mesura, durante la noche del jueves.
Cómo no hubo este año un sector específico para que la prensa pudiera ver a los artistas desde la parte anterior del escenario (desde el frente), cada vez que los pocos periodistas que cubríamos la fiesta queríamos ver a algún artista en acción, debíamos acurrucarnos en algún rincón para no incomodar a los demás espectadores que desde casi el filo del escenario se alineaban en el auditorio.
La corazonada se cumplió ese jueves cuando al querer acercarme a concretar una entrevista pactada anteriormente con Yamila Cafrune, se me impidió el acceso al sector. El motivo era al parecer que Los Nocheros exigían que nadie más que “unos pocos elegidos” permanecieran en los ambientes por lo que iban a realizar su paso al escenario. Aunque aclaré los motivos por los que pretendía ingresar, los guardias persistieron en su negativa explicando los detalles antes mencionados. Sin polémicas, acaté la arbitraria decisión y aguardé la salida representante de la cantante junto a uno de los accesos al galpón para explicarle la situación. La nota con la cantante quedó para otra ocasión pues no quise, por respeto a su persona y su prestigio -a pesar de su buena voluntad- hacerla permanecer a la intemperie, en medio de un piso barroso fuera del galpón, a solo instantes de haber terminado una actuación memorable pero vertiginosa.
Algo parecido le sucedió a Emanuel Alonso del portal Criterio Online que fue echado de modo nada respetuoso (a su propio decir) por esa misma persona cuando, con permiso de otro funcionario municipal, se acercó a una de esas estrellas fulgurantes.
Al día siguiente hubo disculpas de la municipalidad y promesas de mejor trato pero la nota ya no se podría hacer; la situación innecesaria y desagradable estaba consumada.
Siempre es conveniente asesorarse antes de incursionar en la organización de una fiesta que le debe mucho de su buen nombre a la prensa y que dice homenajear nada más y nada menos a que a un artista de la talla de don Abel Fleury, todo un orgullo para los argentinos, una figura de esas que no firmaba cláusulas contractuales caprichosas antes de sus actuaciones pero que igualmente cultivó un prestigio que lo inmortalizó.
Lamentablemente, en varias ediciones de Fiesta Nacional de la Guitarra, quienes hemos estado realizando tareas periodísticas debimos tropezar con la incomodidad y la desconsideración por parte de algunos integrantes de la organización. Esto suelde suceder la noche en que se presenta algún artista de gran renombre, de esos cuyo vedetismo los lleva a pautar algunas cláusulas contractuales que resultan ridículas para el sentido común de cualquiera que conoce y conoció a los verdaderos artistas del pueblo, aquellos que lamentablemente se nos están yendo o están olvidados por la industria de los festivales.
Esas noches, los encargados de coordinar las actividades y movimientos de prensa y escenario suelen convertirse en sargentos de infantería que ordenan a sus siempre abundantes empleados de vigilancia que se nos saque, poco menos que a empujones, ante la sola posibilidad de que molestemos a sus estrellas de la noche.
En esta edición, quien suscribe, olfateó que eso podía llegar a pasar cuando vio los movimientos amenazantes de “un mandamás de galpón” convertido en coordinador del sector que impartía ordenes a la gente de vigilancia, la que a su vez, en su mayoría, las retransmitía a los destinatarios de ocasión con mucha educación y mesura, durante la noche del jueves.
Cómo no hubo este año un sector específico para que la prensa pudiera ver a los artistas desde la parte anterior del escenario (desde el frente), cada vez que los pocos periodistas que cubríamos la fiesta queríamos ver a algún artista en acción, debíamos acurrucarnos en algún rincón para no incomodar a los demás espectadores que desde casi el filo del escenario se alineaban en el auditorio.
La corazonada se cumplió ese jueves cuando al querer acercarme a concretar una entrevista pactada anteriormente con Yamila Cafrune, se me impidió el acceso al sector. El motivo era al parecer que Los Nocheros exigían que nadie más que “unos pocos elegidos” permanecieran en los ambientes por lo que iban a realizar su paso al escenario. Aunque aclaré los motivos por los que pretendía ingresar, los guardias persistieron en su negativa explicando los detalles antes mencionados. Sin polémicas, acaté la arbitraria decisión y aguardé la salida representante de la cantante junto a uno de los accesos al galpón para explicarle la situación. La nota con la cantante quedó para otra ocasión pues no quise, por respeto a su persona y su prestigio -a pesar de su buena voluntad- hacerla permanecer a la intemperie, en medio de un piso barroso fuera del galpón, a solo instantes de haber terminado una actuación memorable pero vertiginosa.
Algo parecido le sucedió a Emanuel Alonso del portal Criterio Online que fue echado de modo nada respetuoso (a su propio decir) por esa misma persona cuando, con permiso de otro funcionario municipal, se acercó a una de esas estrellas fulgurantes.
Al día siguiente hubo disculpas de la municipalidad y promesas de mejor trato pero la nota ya no se podría hacer; la situación innecesaria y desagradable estaba consumada.
Siempre es conveniente asesorarse antes de incursionar en la organización de una fiesta que le debe mucho de su buen nombre a la prensa y que dice homenajear nada más y nada menos a que a un artista de la talla de don Abel Fleury, todo un orgullo para los argentinos, una figura de esas que no firmaba cláusulas contractuales caprichosas antes de sus actuaciones pero que igualmente cultivó un prestigio que lo inmortalizó.
Por: Horacio Ortiz
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Si bien sabemos que desde la organización no hay malas intenciones y se hace todo lo posible para que esta fiesta sea un éxito, lógicamente al organizar un evento de tal magnitud como es la Fiesta Nacional de la Guitarra, hay cosas que se escapan, el encargado de la seguridad y el trato con los medios no fue la excepción, esperamos se tomen estas líneas como una simple crítica constructiva y llegado el momento de organizar otro evento se tenga en cuenta la “gente” y cargos que se otorgan ya que es una pena empañar esta hermosa fiesta con estos detalles por ello esperamos al fin de la misma para publicar este articulo. Después de hablar con funcionarios municipales los cuales se disculparon y nos atendieron de forma excelente, estos problemas aunque en la última noche fueron solucionados lo cual agradecemos.
Sin comodidad ni buen trato





